La fusión
actual de cultura y distracción se cumple, fundamentalmente, como espiritualización forzada de la distracción,
lo cual es evidente ya en el hecho de que se asiste a ella casi exclusivamente
como reproducción: como cinefotografía o como audición radial.
Cuanto más
sólidas se tornan las posiciones de la industria cultural, tanto más
brutalmente puede obrar con las necesidades del consumidor, producirlas,
guiarlas, disciplinarlas, suprimir
incluso la diversión: para el progreso cultural no existe aquí ningún
límite.
La afinidad
originaria de negocios y amusement
aparece en el significado mismo de este último: la apología de la sociedad. Divertirse significa estar de acuerdo. El
amusement sólo es posible en cuanto
se aísla y se separa de la totalidad del proceso social, en cuanto renuncia
absurdamente desde el principio a la pretensión ineluctable de toda obra, hasta
de la más insignificante: la de reflejar en su limitación el todo. Divertirse significa siempre que no hay que
pensar, que hay que olvidar el dolor incluso allí donde es mostrado.
En la base
de la diversión está la impotencia. Es en efecto fuga, pero no —como pretende—
fuga de la realidad mala, sino fuga
respecto al último pensamiento de resistencia que la realidad puede haber
dejado aún. La liberación prometida por el amusement es la del pensamiento como negación. La impudicia de la exclamación retórica, “¡mira lo que la
gente quiere!”, reside en el hecho de referirse como a seres pensantes respecto
a las mismas criaturas a las que, por tarea específica, se las debe arrancar de la subjetividad.
Ahora los
felices de la pantalla son ejemplares de la misma especie que cualquiera del
público, pero con esta igualdad queda planteada la insuperable separación de
los elementos humanos. La perfecta similitud
es la absoluta diferencia. La identidad de la especie prohíbe la de los
casos. La industria cultural ha realizado pérfidamente al hombre como ser
genérico. Cada uno es sólo aquello por lo cual puede sustituir a los otros: un
ejemplar. Él mismo como individuo es lo
absolutamente substituible, la pura nada, y ello es lo que comienza a
experimentar cuando con el tiempo pierde la semejanza.
La
industria está interesada en los hombres sólo como sus propios clientes y
empleados y, en efecto, ha reducido a la humanidad en conjunto, así como a cada
uno de sus elementos, a esta fórmula
agotadora.
Como empleados, son exhortados a la organización racional y a
incorporares a ella con sano sentido común. Como clientes, ven ilustrar en la
pantalla o en los periódicos, a través de episodios humanos y privados, la
libre elección y la atracción de aquello que
no está aún clasificado. En todos los casos no pasan de ser objetos.
Cuanto menos tiene la industria cultural para prometer, cuanto
menos en grado está de mostrar que la vida se halla llena de sentido, en tanto
más pobre se convierte faltamente la ideología que difunde.
A fin de
demostrar la divinidad de lo real no se hace más que repetir cínicamente lo
real.
Esta prueba fotológica no es convincente sino aplanadora.
Quien frente a la potencia de la monotonía duda aún es un loco. La industria cultural está tan bien provista para rechazar las
objeciones dirigidas contra ella misma como aquéllas lanzadas contra el mundo
que ella reduplica sin tesis preconcebidas.
Que todo en
general marche, que el sistema incluso en su última fase continúe reproduciendo
la vida de aquellos que lo componen, en lugar de eliminarlos en seguida, es
cosa que se acredita como mérito y significado.
Continuar tirando hacia adelante en
general se convierte en justificación de la ciega permanencia del sistema,
así como de su inmutabilidad.
Sano es aquello que se repite.
La
industria cultural vive del ciclo, de la maravilla de que las madres continúen
haciendo hijos pese a todo, de que las ruedas continúen girando. Eso sirve para
remachar la inmutabilidad de las relaciones.
Por el
hecho mismo de que el mecanismo social de dominio coloca a la naturaleza como
saludable antítesis de la sociedad, la naturaleza
queda absorbida dentro de la sociedad incurable. La confirmación visual de que
los árboles son verdes, de que el cielo es azul y de que las noches pasan hace
de estos elementos criptogramas de chimeneas y de estaciones de servicio para
automóviles. Viceversa, las ruedas y partes mecánicas deben brillar en forma
alusiva, degradadas al carácter de exponentes de esa alma vegetal y etérea.
De tal
suerte la naturaleza y la técnica son movilizadas contra la mufa, la imagen
falseada en el recuerdo de la sociedad liberal, en la que se combate constantemente al
enemigo ya derrotado, al sujeto pensante.
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